Se realizará mañana en Filadelfia; El cubanomexicano estará por tercera ocasión en el importante escaparate gracias a su gran desempeño con Marineros de Seattle
Agencias
Randy Arozarena será el único representante mexicano en el próximo Juego de Estrellas de las Grandes Ligas de Beisbol.
El cubanomexicano se ha convertido en el mejor bateador de los Marineros de Seattle durante esta temporada y, por ende, se ganó la oportunidad de formar parte de esta constelación que alumbrará Filadelfia para el emblemático Clásico de Mitad de Temporada.
El Juego de Estrellas de las Grandes Ligas siempre ha sido un escaparate de talento, un lugar donde los mejores del mundo se reúnen para celebrar el béisbol. Pero este año, en la edición número 96 que se disputará en el Citizens Bank Park de Filadelfia, Pennsylvania, la representación mexicana tendrá un nombre propio y nada más.
El cubano naturalizado mexicano, será el único tricolor, una ausencia que contrasta con años recientes donde la presencia azteca era más nutrida. Pero Arozarena no llega por casualidad. Su temporada 2026 está siendo fenomenal. Batea para .286 con un OPS de .838, números que lo colocan entre los mejores jardineros de la Liga Americana.
“Para mí significa mucho (ser único mexicano). Primero, agradecido con Dios por estos resultados que he tenido, dos años consecutivos yendo al Juego de Estrellas. Yo siempre recuerdo cuando me premian así con estos resultados, es el proceso, disfruto de mi proceso donde solo yo sé lo que he tenido que pasar para llegar aquí y creo que es el fruto de todo un sacrificio que he venido haciendo desde que salí de Cuba hasta hoy”, dijo el 56 de los Marineros al respecto.
Es su tercera convocatoria al Juego de Estrellas, un logro que el propio jugador valora con la profundidad de quien sabe lo que ha costado llegar hasta aquí. Y es que su historia, más que la de un deportista, es la de un sobreviviente. Nacido en Arroyos de Mantua, Pinar del Río, Cuba, Randy salió de su país en 2015.
En una embarcación precaria, cruzó el Golfo de México en un viaje de más de ocho horas que se extendió por 12 días, impulsado por el deseo de un futuro mejor, hasta arribar a las costas de Yucatán. Allí, tras establecerse, adoptó la nacionalidad mexicana y se convirtió en figura de la Selección Nacional. Su ascenso, desde aquella balsa hasta el jardín del All-Star Game, es materia de película.
“Yo creo que no (se imaginaba llegar a tres All-Star). Cuando llegué a México fue un proceso de año y medio duró para poder firmar y ahí pude comprender que no era fácil llegar a Grandes Ligas, pero tampoco es difícil. Gracias a Dios siempre he tenido una mente clara de no rendirme y he podido sobreponerme a muchas dificultades. Cuando llegué y St. Louis me dio una oportunidad, podía decir que cumplí conmigo, pero me he esforzado mucho y he podido hacer tres All-Star Games y me siento orgulloso de mí mismo por haber podido lograrlo”, confesó.
La ausencia de otros mexicanos como Andrés Muñoz, Alejandro Kirk, Jonathan Aranda, Isaac Paredes, Alek Thomas, Jarren Durán o Marcelo Mayer hace que el peso de la representación recaiga por completo sobre los hombros de Arozarena. Una responsabilidad que asume con orgullo, pero también con la conciencia de que el talento latino en el béisbol sigue siendo abundante y vigente.
“El poder latino siempre va a estar presente en todos los jugadores en el Juego de Estrellas y hemos hecho un gran trabajo que se refleja con tantos representantes de Latinoamérica, somos muchos y gracias a dios hemos hecho un gran trabajo”, insistió el jardinero.
En total, desde 1952, cuando comenzó la presencia mexicana en el Juego de Estrellas, han sido 16 los jugadores nacidos en territorio azteca, convocados al Clásico de Mitad de Temporada. Si se amplía el criterio a naturalizados y peloteros de ascendencia mexicana, la cifra sube a 21.
Arozarena, aunque oficialmente no siempre sea considerado tricolor, es más mexicano que muchos y su nombre se suma a esa lista con letras mayúsculas.
Su trayectoria, sin embargo, no ha sido lineal. Hubo momentos de duda, de incertidumbre, de preguntarse si el sueño de las Grandes Ligas era realmente alcanzable. Pero Randy nunca se rindió.

