A un siglo de que el mundo viera nacer a “El Rey”, la figura de José Alfredo Jiménez permanece vigente como el pilar del género ranchero y la identidad nacional. Cientos de admiradores se congregaron ayer para rendirle tributo en la Plaza de Garibaldi, sitio donde sus letras sobre el amor y el desasosiego cobran vida entre tequilas y guitarras. Pese a las bajas temperaturas y al inicio de la jornada laboral, el espíritu del compositor guanajuatense logró encender el ánimo de una audiencia diversa, compuesta por distintas generaciones que ven en sus canciones auténticos himnos de la mexicanidad.
La festividad musical inició formalmente a las 19:00 horas, contando con la participación de María Elena Leal Beltrán y Gabriel Solís, descendientes de las leyendas Lola Beltrán y Javier Solís. Acompañados por El Mariachi Los Gavilanes de José Alfredo —agrupación fundada por el hijo del autor—, los intérpretes recorrieron parte del vasto catálogo de más de 300 composiciones del homenajeado. Entre aplausos y coros masivos, resonaron temas como “La mano de Dios”, “Serenata sin luna” y “Para morir iguales”, mientras el público entonaba conmovido los versos de “Pa’ todo el año”: “el amor no me interesa / cantaré por todo el mundo / mi dolor y mi tristeza”.
Durante el evento, la emotividad alcanzó su punto máximo con la intervención de Ángel Jiménez, descendiente directo del músico, quien compartió de forma inesperada que “El día de hoy es muy especial, tengo el honor de ser su nieto menor. José Alfredo fue un hombre que supo llorar de frente y sin miedo”. Este sentimiento de cercanía fue respaldado por testimonios de asistentes como Silvia Lugo, quien recordó la calidez del artista: “Yo lo conocí cuando vino a tocar a una fiesta de Santa Cecilia, y me quedé maravillado por su humildad y su cariño. No se alzaba el cuello y siempre fue muy amoroso con su público”.
La conmemoración no se limitó a la capital mexicana, pues ciudades como Madrid, Mazatlán y su natal Dolores Hidalgo también fueron escenario de honores para el hombre que inmortalizó la frase “La vida no vale nada”. Aunque su existencia física terminó prematuramente a los 47 años debido a complicaciones hepáticas, su legado literario y musical continúa refugiado en recintos como la cantina Tenampa, cuya fachada luce un mural en su honor. Para los presentes, José Alfredo Jiménez no solo transcribió historias de desamor, sino que enseñó a toda una nación a expresar sus sentimientos con honestidad y orgullo.

