Por Karla Montaño
En la política empieza a ser necesario entregar un mapa junto con la credencial de elector. Uno actualizado cada semana, por supuesto, porque el del lunes probablemente ya quedó obsoleto para el viernes. Entre cambios de partido, incorporaciones, alianzas y reconciliaciones antes impensables, resulta cada vez más complicado saber quién está con quién, quién abandonó a quién y, sobre todo, qué quedó de aquellas famosas “convicciones”. El fenómeno tiene nombre popular desde hace años, se le llama “chapulineo político”. Brincar de unas siglas a otras buscando espacios, candidaturas o nuevas oportunidades. El cambio partidista es legal y puede responder a diferencias reales; el problema aparece cuando los saltos se vuelven tan frecuentes que las ideologías empiezan a parecer equipaje incómodo. Esta semana tenemos un ejemplo extraordinario y es
Natalia Rivera Grijalva que se incorporó oficialmente al Partido Sonorense como secretaria general y, simultáneamente, expresó su respaldo al proyecto político de Antonio Astiazarán rumbo a 2027. Y aquí comienza la parte maravillosa. Hace apenas unas semanas Rivera era coordinadora estatal de Movimiento Ciudadano. Renunció el 26 de agosto argumentando una decisión de “congruencia política”, después de que la dirigencia naranja decidiera incorporar al grupo de Alejandro López Caballero, ligado políticamente al exgobernador Guillermo Padrés.
Pero antes de ser naranja fue tricolor. Rivera militó alrededor de tres décadas en el PRI, partido que abandonó en julio de 2022 para incorporarse a Movimiento Ciudadano. En aquel momento explicó que encontraba en MC unidad, visión y coincidencias con su manera de hacer política. Mucho antes había sido una de las funcionarias importantes del gobierno priista de Claudia Pavlovich: fue jefa de la Oficina del Ejecutivo estatal.
PRI, Movimiento Ciudadano y ahora Partido Sonorense.
Todo es perfectamente legal como legítima es la memoria. Resulta especialmente llamativo que Rivera ahora respalde abiertamente a Antonio Astiazarán, alcalde de Hermosillo, después de haber formado parte de una fuerza política que compitió contra él. Astiazarán ganó la elección municipal de 2024 frente a María Dolores del Río, candidata de la coalición encabezada por Morena, mientras MC llevaba su propia opción electoral. Hoy Rivera dice que las siglas dejaron de ser lo importante y que decidió sumar esfuerzos al proyecto del alcalde hermosillense. Qué maravilla la política moderna donde las diferencias ideológicas envejecen más rápido que un yogur fuera del refrigerador.
Y Movimiento Ciudadano tampoco se quedó llorando frente a la puerta. Actualmente su coordinador estatal es Isaac Barrios, mientras que esta semana Próspero Ibarra asumió la Coordinación de Vocerías del partido en Sonora, con respaldo de la dirigencia nacional y del senador Luis Donaldo Colosio Riojas. Otra vez aparecen perfiles con antecedentes en otras fuerzas políticas y se confirma que las fronteras partidistas son cada vez más porosas. Claro que esos cambios en el estado tendrán eco en Guaymas y Empalme donde por ejemplo Roberto Romero decidió separarse de Movimiento Ciudadano junto con Natalia. Antes había estado en el PAN y ahora es casi seguro que se sume al Partido Sonorense. El problema de fondo trasciende nombres.
PRI, PAN, Morena, Movimiento Ciudadano, Verde, PT y partidos locales han recibido personajes provenientes de otras organizaciones. Las alianzas electorales también terminaron mezclando colores que durante décadas se presentaron como adversarios irreconciliables.
Entonces, ¿qué significa hoy militar en un partido. Porque si alguien puede defender durante treinta años unas siglas, descubrir después que su verdadera casa estaba en otras y cuatro años más tarde encontrar una tercera opción todavía más compatible con sus convicciones, quizá el problema no sea de brújula. Tal vez estamos frente a una extraordinaria capacidad de adaptación laboral.
Casi envidiable. Lo grave es el mensaje para el electorado. Los partidos piden y ofrecen confianza, hablan de principios, redactan plataformas ideológicas y presumen documentos básicos. Después llegan las candidaturas y esos documentos parecen convertirse en literatura fantástica. La crítica legítima no consiste en sostener que una persona jamás pueda cambiar de partido. Las organizaciones también cambian, se equivocan y abandonan principios. Un político puede separarse por convicción auténtica. Pero cuando el sistema entero convierte el salto partidista en práctica cotidiana, resulta comprensible que la ciudadanía sospeche que detrás de algunas mudanzas pesan más las candidaturas, las plurinominales, los espacios de poder y la permanencia en la nómina pública que las grandes batallas ideológicas. Y así llegaremos a 2027.
Con candidatos que ayer fueron adversarios, mañana serán aliados y pasado mañana quizá vuelvan a descubrir diferencias irreconciliables. A este paso, las campañas tendrán que dejar de preguntar “¿de qué ideología eres?”. Será mucho más práctico preguntar: “¿En cuál partido amaneciste hoy?”
